Santa Bárbara obró un milagro. Nereydas, María Espada y Javier Ulises Illán. Scherzo.

Madrid. Iglesia de Santa Bárbara. 9-III-2017. Festival Internacional de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid. María Espada, soprano. Nereydas. Director: Javier Ulises Illán. Obras de Vivaldi.

Eduardo Torrico. “La pregunta es bien simple: ¿cabe imaginar un Vivaldi tan bueno como el que hacen las formaciones —las buenas, claro— italianas especializadas? Quien se lo haya planteado alguna vez habría tenido inmediata respuesta si hubiera asistido al concierto que ayer brindaron en la iglesia de Santa Bárbara la soprano María Espada y el director Javier Ulises Illán, con el grupo de este, Nereydas. Yo abundaría aún más en la contestación: no solo se puede hacer (y se hace, como se han encargado de demostrar Espada e Illán) igual de bien, sino incluso mejor. Se dio anoche en el histórico templo madrileño uno de esos escasos acontecimientos musicales que jamás desaparecen de la memoria de los que han tenido la fortuna de presenciarlos…

…Lo de Espada no sorprende porque estamos ante una de las mejores sopranos del mundo. Y de las más versátiles (la noche anterior había cantado en el Auditorio el Requiem de Mozart con la Orquesta de RTVE y un par de días antes había estado haciendo Mahler). Lo que seguramente sí sorprendió, y hasta extremos insospechados, fue el salvaje desempeño de Nereydas. Illán está llamado a hacer cosas muy grandes en la música y lo de anoche fue un anticipo. Bajo su enérgica y precisa batuta, el joven grupo sonó con una precisión asombrosa (¡Virgen Santísima, qué ataques!), con una vitalidad atronadora y con una italianidad superior a la de los propios italianos.

Estuvieron espléndidos Joan Espina y Daniel Pinteño, al frente de los primeros y segundos violines respectivamente, como quedó de manifiesto en los tres conciertos que completaron el programa. Pero lo que más me llamó la atención fue la descomunal fuerza del bajo continuo, con Paz Alonso (violonchelo), Manuel Minguillón (tiorba y guitarra), Asís Márquez (clave y órgano) y un prodigio llamado Ismael Campanero —la criatura no sé si llega siquiera a la veintena—, cuyo contrabajo es capaz de dejar atónito al más pintado.

Quizá a alguno le pueda parecer encomiástica en exceso esta reseña. Yo, con sinceridad, creo que me quedo corto. Lo de ayer no fue un concierto, lo de ayer fue uno de esos hitos que se dan rara vez en la vida de un melómano”.

 

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