Angélico Greco, un ejercicio de sinestesia

Angélico Greco. El cielo se llenó de música. Obras de Francisco Guerrero, Tomás Luis de Victoria, Alonso Lobo, Diego Ortiz, Sebastián Aguilera de Heredia, Esteban Daça, Alonso Mudarra, Salomone Rossi y anónimos. Nereydas | Javier Ulises Illán. CMY Baroque • Editorial Cuarto Centenario, 1 libro-disco [ISBN: 978-84-940811-8-7], 2014. T.T: 41:37.
Mario Guada 

El conjunto español realiza su aportación a las celebraciones “grequianas” con este Angélico Greco, que mezcla de manera muy acertada lo auditivo y lo visual, en una edición cargada de detalles.

Los fastos de este 2014 dedicados a celebrar la efeméride del cuarto centenario de la desaparición del genial pintor cretense han sido realmente numerosos. Puede decirse que el estado español en cierta manera ha echado el resto para honrar tan magna figura. Incluso, para lo torpes que resultan a veces este tipo de celebraciones en este país, hay que remarcar que las dedicadas a El Greco han pasado con una gran nota el examen que la ciudadanía y los expertos les han propuesto. Ha habido prácticamente de todo, comenzando –como es lógico– por las diversas y exitosas exposiciones de su obra que se han propuesto tanto en Toledo como en Madrid. Por haber, ha habido hasta un congreso musicológico, centrado en estudiar las producciones musicales en la España que el mismo artista habitó. Es curioso comprobar como la figura de El Greco supone para los intérpretes de música antigua un reclamo tan eficaz, quizá marcado en buena medida por el atractivo que ello supone para el público, con el consiguiente aumento en el número de entradas a conciertos o ventas de discos.

Han sido, pues, numerosos los registros discográficos que en manera alguna han aunado su figura con la de las músicas que El Greco pudo haber escuchado en su vida, o simplemente con aquellas que guardan cierta relación con el período vital desde un punto de vista puramente cronológico y estético. No nos pararemos a desgranar aquí el resultado de esas otras grabaciones –en las que los resultados han sido variopintos–, puesto que las presentes líneas están dedicadas a comentar nuestra visión acerca de la última de las propuestas discográficas que «El Greco 2014» nos ha dejado.

Para empezar, diremos que este es, sin duda, el disco que mezcla con mayor acierto los aspectos estrictamente pictóricos con los musicales, esto es, y como se nos dice en el propio libro-disco, este Angélico Greco es mucho más que una sucesión de piezas que pueden evocar una época y en mayor o menor medida la obra de un artista, sino que la selección musical se basa en una serie de obras del autor escogidas por su adecuación temática, iconográfica, organológica, retórica y especialmente sinestésica –aspecto que subyace en todo el producto–. Los instrumentos utilizados son modelos similares a los que aparecen en las escenas «grequianas» –el artista siempre los representó de manera bastante fidedigna–, lo que es siempre un detalle que hay que agradecer. Es, pues, el aspecto organológico el que sin duda une cada cuadro con la pieza musical correspondiente de manera más directa, pues el resto de interrelaciones suponen en ocasiones casi más un acto de fe que algo fácilmente aprehensivo para el lector-oyente. Especialmente controvertida me parece la relación sinestésica en ese breve análisis que el autor del texto realiza respecto a los aspectos pictóricos con los musicales –relaciones de uso de mayor o menor luz para asociarlo con matices musicales, o uso de gamas de colores con acordes mayores o menores–.

La selección musical, sin ser la más novedosa ni original de cuántas podrían escogerse, contiene algunas de las piezas más reconocidas del Renacimiento hispánico, de autores como Francisco Guerrero [1528-1599]Tomás Luis de Victoria [1548-1611]Alonso Lobo [1556-1628] y Diego Ortiz [1510-1570], que se combinan con algunas piezas menos conocidas de autores, eso sí, bastante socorridos para este tipo de recopilaciones, como Esteban Daça [c. 1537-1596] o Alonso Mudarra [c. 1510-1580], pero que también tienen espacio para algunas piezas de autores menos transitados, a saber: Sebastián Aguilera de Heredia [1561-1627] y Salomone Rossi [c. 1570-c. 1630]. Cada una de las piezas se acompaña de un cuadro con el que se relaciona en algún aspecto y que es explicado de manera somera –tanto el cuadro como la pieza musical, quizá más de lo que sería deseable–.

Los textos, ideados y redactados en su totalidad por Javier Ulises Illán –director a su vez de la parte musical y creador de todo el concepto del libro-disco–, dividen en una introducción [música para ver y pintura para escuchar] –desde mi punto de vista lo mejor escrito y más interesante del producto–, al que sigue la explicación de los cuadros y las obras musicales, tras el que se presenta la música en la Europa y España en tiempos del artista cretense –muy somero y realmente básico–, para terminar con cuatro epígrafes dedicados a El Greco, tanto en sus aspectos biográficos como creadores, que se cierran con dos de ellos enfocados hacia curiosidades sobre la visión y las influencias que su figura ha aportado a posteriori, además de un cuadro cronológico que sitúa al cretense entre las personalidades políticas y artísticas más importantes de su época –de elegante diseño y solvente elaboración–.

La interpretación de las piezas musicales corre a cargo del conjunto español Nereydas, que dirige el propio Illán, que cuenta entre sus filas con algunos de los mayores exponentes de la interpretación histórica española en sus respectivos instrumentos, como Manuel Minguillón [laúd y vihuela], Yago Mahúgo [cembalino y órgano] o Sara Águeda [arpa de dos órdenes], por ejemplo. El apartado instrumental es el que rinde con mayor exigencia técnica y diligencia expresiva más fundamentada, pues por su lado, las voces de Eva Juárez, María Eugenia Boix y Sandra Redondo no acaban de convencer en sus intervenciones –en general, el panorama de las cantantes adheridas a este tipo de repertorios no termina de situarse en la primera línea europea, salvo contadas excepciones–. Mejor resultado obtiene la única pieza puramente vocal del disco, el célebre Versa est in luctum a 6, de Alonso Lobo, en una versión algo lenta, pero que pinta de manera contenida y elegante el entramado de este texto luctuoso tan hermoso.

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